Mientras fervientes seguidores de Colo–Colo proclaman sus consignas y cantan sus canciones yo intento entender el sistema bismarckiano de un grueso libro de historia contemporánea.
Llevan alrededor de dos horas entre cánticos y vítores que atacan a garabato limpio a sus más acérrimos y odiados perseguidores.
La victoria del “popular” es la conclusión a una larga etapa, de una larga guerra que se lidio en pastos nacionales.
El campeonato de apertura ya tiene dueño y se llama Colo–Colo y demuestran toda su alegría en las calles, toda la alegría de un pueblo, del pueblo, que tras tanta desgracia necesitaba recibir alguna satisfacción.
Me gusta pensar que esta victoria le llega en buena hora al gobierno para así mantener al pueblo adormecido en cerveza y regocijo y no preocupado del horrible plan de transporte, o de los problemas del gas, o que nos deja Poulsen. Todos horribles acontecimientos por lo demás.
Me sorprende toda la gente que es del Colo–Colo y las agallas que tienen para estar sin camisa en la calle cuando hay alrededor de 5 grados yo prácticamente me abrazo a la estufa.
En fin (…) que lastima, otra vez quedamos segundos, no sirvieron de nada todos los rezos y los animos pa' Palestino. Y bueno, será para la próxima. Pero por ahora me gustaría poder estudiar, si me hacen el favor de dejar de hinchar.
